“Sirocco” es un disco que, en palabras del mismo Pablo Murgier, fue grabado en la montaña, en un lugar donde el tiempo se manifestaba bajo otra concepción. Sin días y sin noches. Con pausas atendidas sólo por la necesidad. Como suele ocurrir, el resultado expresa el proceso. En el álbum, que se realizó bajo la dirección artística del compositor y contrabajista argentino Seba Noya, subyace otro discurso: una búsqueda, una interrogación, acerca de lo bello.
El sábado, en el barrio de Flores y sobre el escenario, con los dos primeros temas el pianista presentó una atmósfera: los infinitos paisajes que invoca la música. Uno de ellos -Sirocco-, el que da nombre al disco, irrumpió en el escenario proponiendo un viaje cuyo recorrido Murgier conoce muy bien. Ese intenso viento que se origina en el Sahara conoce su destino, tanto como el intérprete el suyo. Intenso y enérgico -también- cálido, firme y calmo cruza mares, recorre tierras y pueblos.
Y así fue que cuando todo parecía anclarse en un contemporáneo Chopin, una repentina ráfaga cambió el rumbo para visitar los mares de otros viajantes como Jarret o Hamasyan (por nombrar dos destinos posibles). Muy lejos de comparar a Murgier con ellos, y con nadie, es clara la amplitud de sus mundos musicales. Así como es claro su compromiso.
No siempre aquello que un artista lleva a cabo tienen un sentido claro, al menos para el espectador. Otras veces sucede lo contrario. Este fue uno de esos casos.
El concepto del disco sugiere que no se trata de un hecho fortuito, y mucho menos un capricho, el haber seleccionado obras de otros compositores como Astor Piazzolla, David Bowie, Agustín Barrios… para entrelazarlas con composiciones propias en un mismo lenguaje. Y un conmovedor posicionamiento fue el acto de cerrar el disco y el concierto, con una composición inspirada en un escrito del poeta palestino Mahmud Darwish.
Sobre Darwish y su obra se sintetiza: combina poesía lírica, política e identidad nacional.
No encuentro diferencia alguna con Murgier y su música.

