Fotos: Eduardo Fisicaro
La delicada y sentida voz bagualera de la salteña Melania Pérez se apagó hoy a los 76 años pero la huella dejada por un canto que cultivó con dedicación y talento se sostiene como una escuela sensible para abordar una interpretación que abreva en la memoria del territorio y se proyecta con pretensión universal.
Como ejemplo de esa búsqueda sensible y libre, a mediados de la década pasada, expresó sin prejuicios: «Alguna vez me gustaría hacer un disco de jazz que es un género que me apasiona por su sonido y por el trabajo vocal que permite. Además se trata de una música originaria y, al igual que nuestra baguala, precisa de un canto visceral que proviene del alma».
Para poder abrazar esa sabiduría amasada con esmero, la artista nacida el 19 de octubre de 1949 en la ciudad de Salta contó con una cuna acorde ya que su abuelo organizaba carpas para los carnavales y dirigía una orquesta, mientras que sus tíos integraban bandas musicales. A mediados de la década del 60, siendo una adolescente, fue reclutada para ser parte de Las Voces Blancas, un conjunto vocal que se destacó por su original propuesta armónica que por entonces estableció su variada formación con las sopranos Stella Crisci (única integrante original) y Aurora Daruich, el tenor Jorge Semino y el bajo Edgardo Gustavo Moragas y donde Pérez destacó con su registro de contralto.
Por entonces y desde Buenos Aires, la agrupación registró los elogiados álbumes “A través de un colorido” (1966) y “Pastor de nubes” (1967), giró por el país y el extranjero, consiguió la consagración en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín y también alcanzó el primer premio en el televisado Festival Odol de la Canción gracias a su abordaje de la zamba “Pastor de nubes”.
En paralelo con semejante actividad, Melania siguió formándose al estudiar canto con la española María Contreras, realizar cursos de fonoaudiología e integrarse al Coro de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, pero debido desavenencias estéticas la llevaron a alejarse del quinteto y regresar a Salta donde recibió un nuevo espaldarazo al ser elegida por Gustavo “Cuchi” Leguizamón para, hacia 1972, integrarse al cuarteto vocal El Vale Cuatro que el pianista y autor armonizaba y dirigía y que también contaba con los cantantes Rubén Palavecino, Chacho Campos y Arsenio Lucero.
La escuela sonora del “Cuchi”, quien un lustro antes había echado a andar otra apuesta musical como el Dúo Salteño, resultó otra escuela para la vocalista quien poco después se lanzó como solista hasta encontrarse musical y personalmente con José “Hicho” Vaca, con quien conformó el Dúo Herencia que se consagró en el festival coscoíno en el verano de 1981.
Poco más de una década atrás, Melanía Pérez reflexionó acerca de su abordaje del canto diciendo que “es una necesidad que parte del aporte sentimental que llevamos siempre por el terruño y por invocar en el canto las alegrías, las tristezas y los anhelos”.
El temprano fallecimiento de su compañero en enero de 1996 la tuvo alejada de la actividad pero tras encarnar el espectáculo «Los pájaros de la memoria» junto a Gerardo Núñez y Miguel Ángel Pérez, dio inicio a su discografía propia con “Luz del aire” (2000) que abordó a caja y voz junto a la guitarra de Osvaldo Burucuá, los teclados de Marcelo Mollo, el bombo de Diego De La Zerda y las participaciones de Claudio Sosa, Nicolás “Colacho” Brizuela, José Santucho, Walter Ríos y Lalo Romero para abordar un repertorio firmado, entre más, por obras firmadas por César Perdiguero, Armando Tejada Gómez, Manuel Castilla, Rolando Valladares, Gustavo Leguizamón y Gerardo Núñez.
La solidez de ese trabajo llamó la atención de León Gieco quien la propuso producir su segundo álbum “Igual que el agua…cantando” (2002) y la ubicó al frente de un pomposo registro del que tomaron parte figuras como Peteco Carabajal, Alfredo Ábalos, Los Nocheros, Abel Pintos, Raly Barrionuevo y Lucho González, entre más.
Sin embargo, fue hacia 2010 “La flor del comprendimiento” (expresión extraída de “Es una barca de amores”, canción de la chilena Violeta Parra presente entre las 14 piezas del álbum) donde la dimensión vocal y expresiva de Melania alcanzó su mejor síntesis en un trabajo que, lamentablemente fue el último que pudo registrar.
La placa en cuestión también permite apreciar gemas como “La vigilia de Damián” y “Tonada de los compañeros”, ambas creaciones de Pepe Núñez; “Huayno del olvido”, de Sara Mamani; “Celedonia Batista”, de Teresa Parodi; y dos logradas audacias: la milonga “Voy”, de Carmen Guzmán y Héctor Negro, y, sobre todo, la versión en tiempo de vidala santiagueña de “Padre”, el clásico de Joan Manuel Serrat. En esa versión la acompañaron Jorge Giuliano (guitarra), Néstor Garnica (violín) y Beto Merino (percusión).
Esa personalísima mirada acerca aún más ese clásico que Serrat registrara en catalán y resuena con dolorosa actualidad mientras la desidia y el saqueo incendian la Patagonia “Padre, decidme qué le han hecho al bosque que no hay árboles/En invierno no tendremos fuego ni en verano sitio donde resguardarnos/Padre, que el bosque ya no es el bosque/Padre, antes de que oscurezca llenad de vida la despensa/…/”

Con León Gieco.
En una entrevista con este cronista, Pérez dijo que ese repertorio “tiene que ver con lo íntimo, con las vivencias, con la nostalgia por una música que no se escucha» y reveló que al momento de entonarlas se propuso «encararlas como si se las cantara al oído de cada persona».
La carga testimonial y situada de ese cancionero le permitieron afirmar que se propuso «recuperar un puñado de canciones y de maneras de encarar el folklore que se han perdido», una evidencia además explícita en una realidad que padecía: «En Salta yo no canto. Visito amigos y siento respeto, pero allá no hay lugar para mí y muchas veces me pregunto por qué pasará eso, sin encontrar una respuesta».
Lejos de quejarse por los vientos que dominaban aquella escena y cuyos embates todavía hieren, sentenció: «Yo le diría a la muchachada que hoy hace folklore que el éxito es algo maravilloso, pero el cancionero nuestro resulta capaz de generar un reencuentro con uno mismo que es más importante que el éxito».
